Hace bastante que no aparezco por acá y es porque estuve habitando otros territorios de la creatividad, leyendo sin poder soltar un libro y su personaje, e indagando en otra plataforma para el blog.
Vamos de uno en uno.
Durante parte de la exploración creativa, estuve indagando en el valor de lapalabra como fuente de toda posibilidad de materialización de la realidad a nuestro alrededor. Evidentemente esto no es gran novedad en el campo de la lectura y la escritura, sin embargo, escuché un podcast donde el acento se puso en las conversaciones, como los espacios donde creamos y expandimos nuestra realidad (conocida). De ahí devino el valor de la amistad, como uno de los primeros vínculos donde construimos nuestra forma de conversar y puntos de vista sobre muchas cosas. Pero voy a quedarme con las conversaciones como tema principal.
La razón por la que escribo y comparto lo que hago -en cualquier ámbito de la creatividad-, es fundamentalmente para tender, lo que yo considero, puentes a un otro. A alguien más. Con suerte, a muchos otros más.
Para mí escribir, es la posibilidad de iniciar una conversación, en algún punto o momento, inesperada. Escribo, también, GRACIAS a las conversaciones que mantengo con otros, tanto como conmigo. Y escribo con la esperanza de replicar ese efecto en alguien más. La escritura es el lenguaje que motoriza todas mis formas de creación, y lo que motoriza esa escritura es la conversación, las conversaciones.
Las plataformas de internet nos han dado la posibilidad, a todos los creadores, de poder difundir y compartir nuestro contenido y convicción por el hacer. Sin embargo, pese al maravilloso anonimato por el que cualquiera puede optar, en el ir y venir de respuestas o reacciones, es bastante complejo generar un ida y vuelta con lectores/as. A veces, en el mejor de los casos, algunas personas se atreven a dejar un comentario de agradecimiento o elogio, que es hermosamente recibido -obvio, y ya. Lo más común es el silencio, luego la respuesta en privado de mi círculo cercano (que también amo y agradezco); le sigue algún ocasional Like, y -aunque por ahora no me ha tocado-, ya sabemos que el hate, cuando sucede, ese sí es un motor de acción para cierto tipo de feedback.
La semana pasada falleció Carlos, un artista marplatense con quien no nos conocíamos en persona, aunque nos seguíamos en Instagram, y gracias a quien sentí mucho apoyo y compañía en la práctica de escribir y publicar. Carlos siempre comentaba lo que le resonaba de mis textos, y lo hacía desde su propia mirada y vida. Eso me invitaba a mí a acercarme a algo de su propia experiencia y a conversar, de alguna manera, porque los comentarios tenían un ritmo de ida y vuelta. Era un diálogo asincrónico, muy muy valioso. Un tipo de diálogo similar al que estoy acostumbrada con muchas de mis amigas y amigos, no sólo por la migración de continente, sino por las varias ciudades en las que viví en provincia de Buenos Aires.
Esos diálogos son motor y combustible constante, no sólo de la potencia de crear -textos, ideas, obras de arte, imágenes y más; sino también de nuevas formas de entender y ver la vida, la realidad que nos rodea. Y el valor de esas conversaciones no disminuye por la asincronía. Encuentran su lugar en nuestro presente y, lo que es más importante aún, LES HACEMOS UN LUGAR.
La conversación asincrónica es un acto totalmente voluntario para el que disponemos tiempo, energía, presencia y nuestra verdad de ese momento -aunque luego cambie, inexorablemente, como todo.
Ayer terminé el libro La corresponsal, de Virginia Evans, una bellísima recomendación de hace muy poquito. Me alucinó lo rápido que lo terminé, porque si bien soy muy lenta leyendo, no podía parar de leerlo. Tuve una cita recurrente y diaria, donde me sumergí en las cartas de Sybil -la protagonista, y su vida. En las conversaciones epistolares (así se llaman, lo aprendí ahí), que ella mantiene a lo largo de toda su vida, asistí a todos esos diálogos, incluso los de ella consigo misma. Así pude obviamente descubrir la evolución de la historia del personaje pero, sobre todo, recordar el valor de una forma de comunicación que quiero reivindicar.
Yo aún soy de la generación que mantuvo correspondencia postal de chica: me mandaba cartas con mis primas de Mar del Plata mientras yo vivía en Tandil, mis tíos me mandaban fotos y postales desde Estados Unidos, y también recuerdo las postales de viaje de mi abuela Élida. Como fiel romántica del papel, las imágenes impresas y el arte correo (que conocí más tarde, en la facu), también suelo mandar postales a mamá y papá, de algún que otro viaje. Y amo ver que ellos las acumulan a la vista en una especie de perchero, que tenemos en el quincho de casa. En un período intermedio durante la adolescencia, nos mandábamos cartas con mis amigas del colegio contándonos quién nos gustaba y con quién estábamos molestas -sin servicio postal mediante, nos las dejábamos entre hojas de apuntes. E incluso tuve un cuaderno con una de mis amigas, Tone, con quien nos escribíamos cada tanto o compartíamos lo que llamábamos «cartelitos»; y el cuaderno pasaba varios días con cada una, sin contar cuántos. Ya en la facultad, con Cami, nos mandábamos e-mails en los que nos llamábamos una a la otra colega, y el intercambio estaba motivado en el gusto compartido por la forma de escribir de Julio Cortazar. Por más remoto que suene todo, hay algo de la pulsión de intercambio que es clarísima e irremediable.
¿Qué aspecto me interesa reivindicar? Algo que muchos ya sabían antes y que parece que con las redes de la inmediatez estamos empezando a olvidar: que los intercambios, las conversaciones y lo que nos decimos, no son menos valiosos ni interesantes por no suceder en «tiempo real».
¿Qué es eso del tiempo real? Una vez se lo dije a una amiga: «Sólo porque no te conteste de inmediato, no significa que no me interese; sino que, en ese momento, no tengo la disponibilidad ni la atención que quiero o necesito, para poder contestarte como me gustaría y como creo que amerita.»
La correspondencia postal siempre demoró dependiendo de la distancia, frecuencia y medio de transporte requerido para el envío, y eso no hizo a la conversación menos real o valiosa. Evidentemente no se tiene acceso al minuto a minuto de la realidad del otro, y muchos episodios de sus vidas quedan relegados en el intercambio. Pero tampoco es realista -ni posible-, disponer de energía y tiempo para saber del minuto a minuto de la vida de alguien más. Al menos, no sin haberse perdido uno de sí mismo. Y la riqueza del intercambio radica en que haya al menos dos personas involucradas. Al menos dos, con todo lo que eso implica: dos puntos de vista, dos realidades diferentes con sus circunstancialidades, dos tipos de frecuencia, atención, en fin… Dos individuos, dos vidas, con todo lo que eso signifique.
Con esto no es que trate de ir en contra de lo inmediato, sino de hacerle lugar a la posibilidad de un poco de todo. En el libro, Sybil Van Antwerp tira un statement superpoderoso, sobre una de las voluntades ocultas detrás de la correspondencia como ejercicio. Y es la de intentar trascender un poquito más allá de una o dos generaciones, después de nuestra muerte. Tampoco es que crea en el valor de la trascendencia sólo porque sí -aunque igual ME ATERRA la idea de desaparecer sin más. Pero sí que un lindo punto de vista sobre el intercambio con otros, tiene que ver con que en el intercambio, nos transformamos.
Escucharnos hablando es revelador muchas veces, de ahí el valor de tantas formas de terapia; hablar con otros, nos abre a nuevos mundos y visiones, experiencias y, del mismo modo, las conversaciones asincrónicas, por escrito o en formato de audio, también nos transforman. Por eso, no sólo me gusta escribir y compartirme, sino que también quiero insistir en las ganas que tengo siempre de leerles.
Por los puentes 🙂
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En otro aspecto aún más mundano, estoy considerando migrar el blog a Substack, para habitar la escritura y el intercambio en un lugar donde la comunidad sea para todos y entre todos. Igual todavía no me decido, por cuestiones de apego al diseño, tiempo y trabajo que le puse al sitio de CaffeInteractions en WordPress, ¿alguna opinión o experiencia similar?
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Como les decía, ya terminé el libro, y ahora extraño a Sybil. Aunque ya tengo un nuevo protagonista en un nuevo libro entre manos. Me pone muy contenta haberme vuelto una persona tan lectora los últimos años. No lo tenía como un hábito frecuente de chica y durante mucho tiempo quise incorporarlo. Ahora es parte de mí y me encanta. Me lanzo a los libros y las historias sin mediar recomendación o autor/a.
Seguimos en la próxima.
Un GRACIAS inmenso y etéreo, Carlos 🤍 También a vos te voy a extrañar.
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