Decálogo para sobrevivir a un Domingo (más uno, de yapa)

Published by

on

Tengo recuerdos de escribir desde que iba al colegio, durante la adolescencia cuando vivía en Tandil, provincia de Buenos Aires. Siempre me sentí un poco ajena a los lugares que habité, ya sean ciudades, colegio, clubes, equipos, grupos de amig@s, facultades, países. Siempre la misma sensación, un poco pertenezco pero otro poco no. De repente esa emoción que me inundaba de extrañeza, de <qué hago acá>, de <sí, pero no>. Escribir me ayudaba a aterrizar el ahogo que ese sentir me provocaba.
Tengo un recuerdo muy presente y sensorial del cuaderno en donde escribía la melange entre poesía y ensayo cuando iba a la universidad, en La Plata, y siempre que pienso en ese anillado de tapa dura espero que Sofi, la amiga de mi mejor amiga Nati −de la facultad, aún lo conserve.

La dificultad para atravesar los domingos no es ninguna sorpresa para mí. En todas las etapas y edades han sido un desafío, vestido de distintas circunstancias. Me acuerdo de una publicidad en Argentina que proponía el día Osvaldo, entre el Domingo y el Lunes −no recuerdo así de qué iba la publicidad, y a mí la idea me generaba una mezcla entre esperanza de sanar ese bajón que me daba los domingos, y la duda de si ese sentir se transferiría al Osvaldo.

Mi teoría era y sigue siendo, que hay algo cuántico y mundial respecto del domingo, como una especie de vacío que sentimos todos, que se replica y expande y que de alguna manera ya está asignado al día desde hace mucho tiempo, lo que lo convierte en una condición irremediable para todos.

En fin, yo escribí esta humilde receta de supervivencia un domingo de Junio de 2023 en Valencia. Me había instalado en la ciudad hacía dos semanas y, de instalado, la verdad, poco. Había llegado acá sin planificarlo -más bien todo lo contrario, mi plan era instalarme en algún lugar rodeado de pasto bien verde y acantilados, entre Cantabria y Asturias. Y acá estaba, en una región sofocante, calurosa y húmeda (es enfáticamente necesaria la redundancia), de tierra color naranja y probabilidad de lluvia casi nula.

Esto de que no lloviera, no era un alivio, no llevo bien el calor excesivo. No tenía trabajo, tenía por suerte ahorros para sobrevivir el primer mes hasta conseguir algo —no había considerado el mes ventana que me iba a quedar en medio, sin un mango; conocía sólo a dos personas en toda la ciudad, esperaba casi desesperadamente que llegara mi amiga Cata para poder compartir un mate y desahogar la incertidumbre, o tomarnos una birra a la tardecita, y estaba viviendo en una habitación de un departamento donde no podía abrir la ventana durante el día, porque el ruido de la avenida me aturdía.

Entre caminatas al rayo del sol desde las 10 a las 17h, dejando CV’s en cafés de especialidad donde me “imaginaba” trabajando —aunque mentía diciendo que sabía hacer latte-art, preguntándome cómo iba a adaptarme al calor del que SIEMPRE me había escapado en La Plata o Buenos Aires, llegué a un domingo de silencio absoluto en la ciudad (con las ventanas cerradas, igual). Estoy segura de que si encuentro alguno de mis escritos de cuando iba al colegio o la universidad, debo tener alguna oda al bajón dominguero, algún relato desesperado, o un coqueteo cobarde con la muerte, producto de la incapacidad de soportar tanta quietud y silencio —sobre todo internos, en ese entonces.

Esta versión, más reciente, tiene seguramente mucha más convicción, deseo y voluntad de vida que cualquiera que haya escrito entre la adolescencia y no sé, los 27, 28 años −la edad de los rockeros autodestructivos y suicidas. Mi gusto musical siempre me acercó a cierta intriga por las sombras o el bajón, y hasta me preocupaba a veces notar que me intrigaba tanto saber las historias detrás de la música y la vida de Cobain, Ian Curtis o Morrison. Después se me pasó la preocupación y el temor de ser una potencial suicida, y me amigué con mis emociones y profundidad, sin tanto diagnóstico.

Me di cuenta que en su mayoría se trataba de pasarme de rosca mental.

Ahora tengo más recursos, consciencia de esa tendencia y, ni hablar de un indiscutido amor por la vida.
Escribir es un gran cable a tierra, dentro de esos recursos, y leer o escuchar a otros también cooperó con mi −hoy llamada- inteligencia emocional.

Este decálogo fue resultado de la práctica deliberada y voluntaria de todos y cada uno de los ítems que enuncio, durante ese domingo de vacío en Valencia. Ese séptimo y recurrente día en que me encontré sorprendida de volver a sentir la desesperación y ahogo de la adolescencia, esos a los que hacía frente en su momento pidiéndole a papá dar unas vueltas en auto por la ciudad, preferentemente escuchando alguno de sus cassettes donde seguro sonaba algún temazo de Pink Floyd.

Ahí va, cortito y al pie:

  • Ordená la cucha. Que te guste lo que ven tus ojos.
  • Anotá la data que baje.
    Separá en dos listas, pensamientos oscuros y de luz. Integrá ambos. Integrate.
  • Una actividad que te de placer: Hacela.
    Así sea limpiar el baño… Yo cociné (básicos diarios, no importa el qué)
  • Acudí a los clásicos, las playlists del recuerdo y la alegría.
    Cuando pinte la nostalgia, habitala, disfrutala; pero estate atent@ de pasar a un temazo que levante a tiempo. Ojo. (Lo mío son los 90’s de plástico —así les digo, o un «cumbiazo bien fulbo». Sino cualquier video de la Pulga va bien, infalible siempre)
  • Comé algo rico.
    Los sentidos tienen que ser estimulados por igual. Eso es estar presente.
    Sobrealimentamos la vista únicamente. En cambio, el gusto y el olfato pueden ser excelentes pilotos de viaje para disfrutar.
  • Pegate un paseo.
    Salí a perderte como consigna. Que se te cansen las gambas, así afloja la testa.
    Confiá en lo fortuito.
    Observá el afuera así redimensionás el caos interno.
  • Si te comprás algo que te haga falta —yerba o chocolate, HACEN falta, sonreíle al cajer@. Dale lo mejor de tu vibra aunque no te sonría de vuelta.
    Vibrar alto es un ejercicio individual que multiplica rápido. Si te sonríe, son millonari@ al instante.
  • Saldá situaciones que se te vengan a la memoria.

    Un mensaje escrito, un mail random (vintage, sí), una nota que nunca envíes (de momento…). Bajalo. Y, si podés cerrar los ojos y tocar ENTER, confiá, mandalo. Hace falta creer en las redes como medios para sorprendernos para el bien también.
  • Acudí a ese amig@ o conocid@ que te venga a la mente o el cora.
    L@s ángeles de la guarda están en este plano, en sincronía, y pedir ayuda o decir Hola, son formas indistintas para crear espacio de encuentro con un otr@.
    En ese espacio nos expandimos,
    multiplicamos
    y salvamos.
  • Vinito pa’ cerrar.

    (Rosé o blanquito seco y bien frío, si hace calor como acá. Pero hay tantos gustos como paladares, incluso si sos abstemi@, brindá con lo que querés). Así que Salú’ y ci vediamo domani 🙂
BONUS TRACK

Hay tiempo para lo que se te ocurre hacer siempre.

FINITO, pero suficiente.

Deja un comentario