Esto (no) es otro texto sobre fútbol

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Me preparo el mate, esta vez le pongo yuyos porque necesito el mix entre lo propio y un poco de calma.
La mañana empieza tarde para mí hoy, por suerte, porque puedo y lo necesito. La resaca emocional es enorme y espesa.
El cielo hace una semana está cargado y la atmósfera aplasta este lunes en Valencia, más que ninguno de éstos días.
El ánimo está golpeado, pero igual hay una base de fondo –una especie de envoltura que lo contiene, que es de alegría, de tesoro ganado e inquebrantable. De la solidez de lo que uno es y trae consigo, pese y ante todo resultado.

Una amiga uruguaya me ofreció su ayuda y aguante incondicional, cuando hoy avisé que mi presencia iba a estar retraída, porque necesitaba descansar, reparar mi bajón y mi vínculo con las rutinas. Esas que postergué deliberadamente los últimos 15 días. El sostén vino a raíz de poder expresarle algo de lo que no identificaba aún que me estaba atravesando, y que puse en palabras en un mensaje de Whatsapp, cuando al preguntarme cómo estaba me contestó «qué heavy cómo te afecta». Aguante la fraternidad.

El fútbol es una máquina que mueve pasiones, negocios, dinero y espectáculo en todos lados, y para nosotros los argentinos, quizá sea el último bastión de la representatividad que sentíamos perdida.
Yo me sigo sorprendiendo a mí misma cuando lloro por los resultados positivos, así como por los negativos. Porque el fútbol me encanta tanto como muchísimos otros deportes, pero este llanto tiene que ver mucho más conmigo que con el conmoverme por los resultados de los que son capaces otros.

El mundial de Qatar 2022 lo viví con mi hermana, en un rincón de esos habitados al final de una ruta a 2000m de altura, en una región de frontera entre Italia y Austria. Definitivamente lejos y aislada de toda la alegría y euforia que se vivió en Argentina. Llegué a Mar del Plata en enero de 2023, y ahí tuve la oportunidad de compartir los vigentes festejos y bocinas ocasionales, de recordatorio de esa ansiada tercer estrella en pleno tránsito diario; de la hermosa locura en la que nos coronó finalmente la Scaloneta en ese entonces.
Este mundial me encontró aún en el extranjero, en esa condición de vivir en el sí, pero no a diario; de preguntarme para qué y hasta cuándo, una vez más. Y cuando me desahogaba de las primeras emociones hoy lunes, después del resultado ante España, entendí gran parte de lo que había atrás de mi tristeza, cuando se lo compartí en videollamada a mi pareja –un alemán, ferviente fanático del fútbol y sus análisis, que se puso la albiceleste desde el primer partido, y se contagió de nuestro espíritu, tanto como Schweinsteiger en la fan zone.

Desde el lado de acá, algo de lo que más entristece, es perder la instancia de celebrar a lo grande una vez más como comunidad. Es no alcanzar a coronar la racha de sentirnos cerca de casa por un rato más. De cruzarnos en la calle y sonreírnos al paso, en silencio, compartiendo la complicidad de saber que estamos contentos por lo mismo, sólo con un asentir sin decir más. Es decir buen día, hermosa mañana ¿verdad? y que no haya que explicar más nada, ni discutir con nadie. Es celebrar con los que somos y acá estamos, sin que sea contra nadie. Es robarle al día la posibilidad de sentirse en casa.
Pese a todo, vivimos eso los últimos 40 días –y quizá más también, así que en definitiva, estamos todos bien y ganamos igual. Por eso, en cualquier caso, hoy lunes hay resaca emocional.

Ahora, lo que voy a escribir seguramente no es nada que no se haya dicho ya, pero que vale la pena repetir y seguir celebrando y sosteniendo. ¿Por qué lloro cuando veo los festejos en el obelisco y en todos lados? Cuando hablo de cómo me siento, ¿por qué me emociono? ¿Por qué a nivel deportivo y humano, esto que sentimos hoy, es superlativo para mí? Porque esta Selección Argentina, la Scaloneta, es un grupo que construyó una identidad y formas que, desde que tengo uso de razón, no son representadas en nuestro país. Y eso es una parte fundamental de lo que nos impacta y nos convoca. Porque más allá del juego y los resultados, este grupo de personas que son el equipo, se consolidaron en lo deportivo sacando a relucir valores de los que da alegría sabernos parte y replicar. Es la mejor representación que lo que cualquier polític@ ha logrado —siquiera intentado- para mí: el trabajo en equipo, la amistad, la confianza en un capitán –y la unión y respeto por encima de los egos individuales, el humor, la picardía, la humildad, la pertenencia y la fiesta del colectivo como uno.

Si el fútbol trae consigo chicanas y roce, que sigan siendo dentro de la cancha y en tiempo de partido, nada más. Que la celebración sea siempre por lo propio, lo ganado y aprendido, y no contra otro. Y lo digo haciéndome cargo de todo lo temperamental que soy. Elijo seguir creyendo que es posible sostener y constituir representaciones así, y que todo lo que nos una por celebración y resiliencia, vale la pena integrarlo al que llamamos inconsciente colectivo. Y, sin duda, encaro los días por venir en suelo español, colmada de gratitud hacia este equipo desde esa primer Copa América. Gratitud por haber vivido la era Messi, por técnicos como Scaloni y el grupo que trajo consigo. Y con la esperanza de que los jóvenes por representarnos sigan ponderando la humildad, la perseverancia y la garra incansable como las bases de la grandeza de nuestra Selección.

El ultracontemporáneo WOS dice «cuando el destino se pone austero, sale al rescate lo verdadero»; yo, de cara al presente y al futuro, elijo hacer prevalecer ESTO como verdadero. Por todas las hermosas mañanas vividas y las que están por venir!

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