Suelo leer varios libros en simultáneo, no porque tenga la capacidad de leer rápido, sino porque no siempre que me siento o acuesto a leer tengo el mismo estado de ánimo. Así que, prefiero tener una baraja de posibilidades entre las que elegir, según necesite conectar con historias, ensayos, filosofía o algún género cuyo nombre desconozco.
John Berger es un autor que descubrí por casualidad, una tarde cualquiera hace más de diez años, explorando una librería en Buenos Aires. El vendedor se me acercó y me preguntó qué buscaba y, la verdad, es que no recuerdo si tuve una respuesta a eso –una situación tranquilamente extrapolable a la vida misma😅. Cualquiera haya sido el intercambio que tuvimos en ese momento, agradezco profundamente el resultado, porque ese día me fui de la librería portando Cada vez que decimos adiós, de Berger, a casa. Un libro que hoy sigue disponible en mi estantería acá en Valencia, ya que tengo el hábito de releer fragmentos, de tanto en tanto.
Para mí Berger escribe sobre la experiencia poética que es vivir. Si bien su terreno son las llamadas bellas artes, leerlo es conectar con la sensación mágica que es sentir, ser completamente atravesados por nuestras experiencias y entregarnos a que todo cuanto vivamos pueda ser un evento estético.
En uno de los capítulos del libro en cuestión él analiza una obra del pintor español Francisco de Zurbarán, declarando que en ella «los quehaceres cotidianos adquieren un sentido ritual”. Yo voy a aprovechar esta simple pero bellísima observación y me voy a dedicar a todo lo que hay de ritual en nuestras rutinas diarias.
Los ritmos de vida que demanda el mundo occidental –el único del que me atrevo a hablar, no promueven naturalmente el detenimiento para llevar a cabo casi ninguna acción de manera consciente. Para eso, hay que armarse de voluntad, priorizarse, respirar y enfocarse en el instante inmediato presente. Todas acciones gratuitas que pagan fortunas a cambio y que, sin embargo, pueden resultar muy difíciles de integrar a la vorágine del hoy. Los ritos cotidianos son para mí la oportunidad de practicar a diario esta atención consciente y recordarme, además, cuánto disfruto mis pequeñas ceremonias, placeres y elecciones.
Si revisan sus rutinas, ¿pueden identificar sus ceremonias personales?
Para muchos argentinos o uruguayos puede ser evidentemente la preparación del mate. Yo a esa fórmula la dupliqué cuando descubrí el café de especialidad e integré el mismo valor a prepararme mi café de filtro todas las mañanas. Luego me di cuenta que mi papá y mi mamá han hecho eso toda la vida, preparando el suyo la noche anterior o la misma mañana, mucho antes del desembarco del <de especialidad> como concepto o tendencia.
El cuidado de las plantas o un jardín también puede ser un acto ceremonial. Yo no fumo y el hábito no es de mi agrado, en absoluto, pero siempre observé a mis amigas armarse sus cigarrillos como siguiendo sus propios rituales. En la cocina hay mucho de rito para muchas personas, porque además es un entorno donde abundan los colores, las texturas y las temperaturas; todos estímulos para nuestro cuerpo físico. Mi papá por ejemplo tiene un rito muy sagrado que es la manera en que dispone el papel, luego el cartón y al final las maderas de varios tipos -según su velocidad de quema-, cuando prepara el brasero para el asado. Ese es su rito tanto como su tarea meditativa, para las que dispone el tiempo que quiera y lo hace a su manera.
Los elementos comunes de cualquier evento o ceremonia son el contar con ciertas herramientas específicas –sin importar su nivel de sofisticación, seguir una cantidad de pasos fundamentales o protocolo –aunque el orden y su rigurosidad dependa de cada uno de nosotros, tener un propósito –tan simple y sagrado como el de conectarnos con nosotros mismos, y transformarnos al final. Dejarnos listos para lo que siga en el día.
Los ritos a los que me refiero son refugios que construimos, nutrimos y preservamos a diario. En público o en secreto, lo sepamos en el momento o no, la práctica de ese autocuidado opera de manera silenciosa para salvaguardarnos del tiempo de lo ajeno, del tiempo del mundo exterior. Esa concepción de los hábitos o rutinas como guaridas, es la que nos recuerda que Casa somos Nosotros, que el refugio habita dentro nuestro, viaja a donde vayamos y está siempre ahí disponible para ser visitado.
Ceremonia es todo lo que creemos que es sagrado para nosotrxs. Ese momento o acción que no se negocia ante nada ni nadie, porque es lo que representa nuestra conexión con nuestro Ser y el refugio que somos. Es la manera en que habitamos el hogar. Ese que no tiene necesariamente paredes, ni está ligado a personas específicas, sino que simplemente implica reconectar con quienes somos. Ese hogar invisible pero infaltable… E infinitamente habitable.
Los ritos no nos piden excelencia alguna, no nos juzgan; no están mal ni bien hechos, sólo están disponibles, en la medida en que nosotrxs lo estemos para nosotrxs mismos.
¿Y ustedes? ¿Ya identificaron sus ritos?
Les leo 🙂
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