Conocí a Grzegorz algunos meses atrás, mientras trabajaba como recepcionista en apartamentos turísticos y esperaba a unos huéspedes. Llegué al apartamento donde los encontraría y él se estaba acomodando para dormir, en la entrada del edificio. Como los huéspedes estaban demorados, comenzamos a charlar.
Al principio, cuando me vio llegar, se disculpó diciéndome que no quería causar ninguna molestia, que sólo buscaba un lugar donde dormir. Yo me sentí incómoda con la disculpa, ya que para mí debía ser a la inversa. Nosotros, como sociedad, debíamos ser quienes lamentáramos las condiciones en las que él vivía. No tener un techo ni una cama dónde dormir ya es suficientemente duro, como para agregar el tener que disculparse por ello a la lista. Así que, antes de seguir, crucé al supermercado de enfrente, le compré algo para cenar y nos dispusimos a seguir conversando.
Cuando le pregunté su nombre, me dijo que se llamaba Gregorio. Yo me presenté también y le pregunté sobre su historia y la razón por la que había acabado durmiendo en la calle. Mientras me contaba la serie de eventos en su vida que lo habían llevado hasta allí, se refirió a mí como “española” –asumiendo que yo era nativa de la región, y eso me llamó la atención. Hasta ese momento, yo no había notado un acento fuerte y específico viniendo de él y él tampoco había notado el mío. Así que, me disculpé por interrumpirlo, le comenté que yo no era española sino argentina y le pregunté por sus orígenes.
Para mi sorpresa, su respuesta fue que era de Polonia, un país y cultura con la que yo me vinculaba muy de cerca en ese entonces. Le respondí asombrada que, en tal caso, su nombre no era Gregorio, sino Grzegorz (en polaco, se pronuncia algo así como /Tshegosh/). Al escucharme, noté la expresión atónita en su rostro con los ojos bien abiertos y, acto seguido, le pregunté por qué usaba una versión traducida de su nombre original. El proceso de adaptarnos a nuevos países y culturas en los que vivir, a veces acarrea este tipo de actitudes consigo. Sin embargo, acostumbrarnos a ser llamados según una versión traducida de nuestros nombres, también tiene un impacto en la propia percepción de nuestra identidad. En su caso, el uso de su nombre original o la traducción, tuvo que ver con la pronunciación –elegir una opción entre la versión auténtica y la fácilmente pronunciable (y recordable). Siguiendo el hilo de nuestra conversación, le pregunté de qué parte de Polonia era. Su respuesta es el puntapié de las líneas que siguen.
“Soy de una ciudad cerca de Cracovia”.
– ¿Y cuál es el nombre de esa ciudad?-, le pregunté.
La respuesta fue Żory (suena algo así como /Shori/); una ciudad que en realidad está más cerca de Katowice que de Cracovia, si buscamos un punto de referencia en el mapa. Honestamente, me fue fácil recordarla porque era una palabra de dos sílabas únicamente, y pude constatar enseguida el nombre y su ubicación con un nativo.
La mayoría de las veces, cuando tenemos que presentarnos ante otras personas, no mencionamos el nombre de las ciudades o pueblos de los que venimos, porque ellos pertenecen al territorio desconocido del mapa mundial. A menos que provengamos de ciudades capitales o regiones populares, asumimos de antemano que nuestro interlocutor no reconocerá el sitio del que somos originarios. Entonces lo mencionamos “de manera sencilla”, simplificando su nombre y ubicación, con una referencia a la ciudad popular más cercana.
Aunque este mecanismo pueda facilitar la comprensión de nuestros orígenes y la identificación de éstas regiones durante la comunicación, también es así que privamos a los demás de expandir la porción del mapa que les es conocida. Fomentamos entonces una visión del mundo donde las capitales y sus estereotipos representan lo que los demás asumen de nosotros; y el territorio mundial se vuelve una suma de puntos cuantificables, finitos, enormes y masificados.
¿Recuerdan haber visto mapas en las paredes de algún hostel, mientras viajaban, donde poder marcar con un pin o lápiz su lugar de origen? ¿O haber dejado un billete de su moneda local para que sea pegado en las paredes de algún bar? Yo creo que este tipo de momentos en las conversaciones con desconocidos, funcionan de manera parecida. Son instancias que nos permiten ampliar el territorio que conocemos del planisferio, profundizando nuestra consciencia como seres presentes y existentes en este mundo. Revelando la infinita riqueza de quiénes somos y el terreno que habitamos. Tantos sitios –diferentes, remotos, tranquilos, impopulares, desconocidos, lejanos, cercanos, ¡increíbles!—esperando ser explorados y reconocidos, en lugar de simplificados.
Así como Grzegorz se introdujo inicialmente como Gregorio, muchos de nosotros reducimos o adaptamos nuestros orígenes, a los fines de mayor claridad o comprensión, pasando por alto la posibilidad de compartir una parte de quiénes somos.
Yo prefiero tomarme más tiempo, usar oraciones más largas al hablar y nombrar el lugar del que vengo. También prefiero oír más nombres –incluyendo los que me son desconocidos, y oraciones más largas, para poder conocer los lugares de los que provienen ustedes. Expandir la noción y dimensión que tenemos del mundo no sólo viajando, sino aprendiendo los nombres que representan tantos sitios. Nombres introducidos por las personas que viven allí y traen consigo sus historias y formas de ser. Enunciando éstos lugares no sólo completamos el mapa mundial, sino aquel de las infinitas conexiones humanas posibles.
Hace unos pocos días le dije a un amigo: la existencia requiere de dos elementos para ser posible–espacio y tiempo; sin embargo, para estar vivos, debemos añadir consciencia a esa fórmula. Abrazar la complejidad de nuestra identidad y el mundo que habitamos, simplemente nombrando las partes que hacen a nuestra historia personal, parece una buena manera de comenzar.
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