Hoy hablaba con una colega y amiga del trabajo sobre la necesidad que creo tenemos de hablar más sobre el fracaso.
Si bien hay una tendencia -afortunadamente- creciente a hacerlo, creo que es necesario hacerlo aún más. Hablar sobre lo que cuesta, lo que no salió, lo que salió mal, lo que lloramos, la tristeza cuando nos toca, la frustración, lo que duele y lo que no sabemos cómo enunciar pero es necesario intentar.
Yo, por ejemplo, crecí bajo el modelo que dicta que mi profesión y su ejercicio son factores que determinan el éxito que podré o no tener y mostrar al mundo. El diploma de papel determina quién soy y podré ser, en la medida que conquiste ciertos logros más o menos estipulados y estereotipados, según el conocimiento popular que se tenga del oficio. Ese diploma es una jaula que, con el paso de los años, se volvió una compleja cárcel con todo tipo de celdas, de la que sólo voy a salir conforme haga el ejercicio de observar críticamente los paradigmas bajo los cuales crecí y que acepté inconscientemente, para luego librarme de ellos.
Este es mi caso particular, aquello que puedo contar y de lo que aprender para compartir. Cuando terminé el colegio, estudié dos años de astronomía porque, desde que tengo memoria, la noción de infinitud del universo, las estrellas y lo que hay en el fondo de lo que mis ojos ven negro a la noche, me ha fascinado y cautivado mi mente y espíritu por completo. A pesar de toda esa fascinación y amor por el “espacio exterior”, el pensamiento lógico y el lenguaje de la matemática y la física, dos años de una academia que reivindicaba la dificultad y un sistema abrumador como <cosa para pocos, eruditos y naturalmente privilegiados o sacrificados>, fueron suficientes para que decida alejarme. La vida para mí tenía que ser más mágica que un sacrificio snob.
Luego de eso estudié arte y me licencié -el camino a esa tesis es tan ridículo y atiborrado de mandatos como el de casi cualquiera-. Desde hace 12 años me pregunto qué quiero hacer con ese diploma y la respuesta es una puja entre un automatismo del deber ser y un lugar en el que me imaginé a mí misma hace muchos años, con una forma de pensar que ya no conservo.
La frustración es uno de los resultados inexorables de todo esto que describo. Y creo que es necesario declararlo y compartirlo, para cortar de una vez por todas con algunos hábitos mentales como ser muy dura conmigo misma, culparme por mis dudas y mis cambios de opinión y compararme con otros a modo de castigo personal. Con el trabajo paulatino de sanar mi amor propio y validar mi camino, mis victorias personales y mi mundo emocional, los resultados positivos se han ido integrando a este primero de la frustración. Aún así en este caso quiero seguir indagando en este sentimiento tan impotente y negativo, porque conforme comparto mi sentir, me encuentro con muchísimas personas en el mismo proceso.
La validación de mis capacidades según el ejercicio profesional es una vara que me cuesta muchísimo soltar a la hora de juzgarme a mí misma, a pesar de que cuando hablo con amigxs u otras personas, jamás se me ocurriría asociarlos. Hacia afuera mi escala de valores funciona según el trabajo interno que me propuse hacer y mejorar. Pero cuando me toca mirarme a mí misma, el automatismo sigue saliendo victorioso.
Me resulta muy difícil aún desapegarme de la ilusión egomaniaca que formé de mí misma en el ejercicio de ese diploma en arte. Aún así no tengo idea concretamente de cómo sería eso… Es como una jaula muy poderosa, de la que no sé salir, pero con una estructura invisible. Entonces no sé realmente a qué material me enfrento, qué espacio hay entre cada barrote o siquiera si la puerta está abierta o cerrada. La salida es tan simple como quiera -tomando una decisión y ejecutándola-, o tan compleja como pueda describirla -paralizada entre la duda y el miedo en un rincón imaginario-.
Hace tiempo sé que no me interesa trabajar de manera convencional en un museo, ya que las instituciones me agobian. Prefiero visitarlas, ser libre de entrar, salir y aprovecharme de ellas cuando me interesan y sirven como puente de difusión. También sé que para ser artista no hace falta más que saberse y sentirse tal, y que ningún título puede acreditar o desacreditar eso. Creo sobre todo en la experiencia estética de la vida, en un sentido que logra conectar la emoción con la mente, el cuerpo y la evocación de múltiples tiempos en la memoria, ya sea escribiendo, vistiéndome, cocinando, compartiendo conversaciones infinitas y -también- haciendo lo que considero mis obras de arte. Creo que una vez que habitamos esta forma de codificar la experiencia de la vida en un lenguaje que constituye un producto o evento que podemos soltar al mundo para resonar con otrxs, ya no hay retorno. Una vez que hemos sentido la plenitud de crear un contenido poético donde codificar una forma de sentir o pensar la vida, ya nadie podrá arrebatarnos ese valor y capacidad, así como no será más grande o más chica según tenga o no validación pública alguna. El acto de crear es una victoria per se ya en su génesis, independientemente del resultado. Y es una pulsión que re-visitaremos siempre que lo decidamos, sin necesidad de títulos, puestos de escritorio o méritos institucionales.
Entendí que puedo hacer una valija, juntar mis cosas y moverme de ciudad, país o continente para empezar de nuevo, con el sólo acto de decidirlo. Ahora bien, no tengo la misma facilidad para mudar de la visión que tuve alguna vez de mí a la que realmente quisiera manifestar hoy. Otra vez esa jaula invisible… ¿la ven?
Hoy me tengo que mudar de donde vivo y no porque sea mi decisión; sino por razones que me exceden. Mientras tanto, sigo cuestionando el modelo habitacional europeo para la gente que no está en pareja, sobre todo con todo el caos que implica conseguir una habitación decente, donde no tenga que conceder mis derechos básicos a una vida social sana, normal y necesaria. Al mismo tiempo, terminé un vínculo emocional con una persona hermosa que sigo sintiendo es el compañero que elijo, pero las condiciones de nuestras vidas no favorecen el estar juntos en el presente. Y, a todo esta escena, se le suman las preguntas ontológicas de “qué quiero hacer”, “qué me gustaría realmente” y “quién es la Lucía que hoy responde a éstas preguntas”… Sin embargo, en esta foto sonrío igual.

La historia que hay detrás de cada sonrisa tiene muchos más tiempos, matices y decisiones que el mero retrato de un instante. De hecho, yo sonrío porque creo fervientemente en que es una hermosa versión y acción que podemos ofrecerle al mundo y a la vida. Sonreír es un acto para agradecer las oportunidades así como para manifestar la alegría de estar acá, pase lo que pase mientras tanto. Creo en la acción de sonreír al mundo y a los demás casi como un gesto de reivindicación de la dicha de vivir; un acto político, si se quiere.
La sonrisa es la victoria del intento, no del tipo de resultado obtenido. Es una victoria anterior y posterior a cualquier circunstancia. Pasamos mucho más tiempo en los tránsitos hacia las metas, que en éstas una vez alcanzadas. Y mientras el <éxito> sigue arrasando con nuestra emocionalidad y alimentando un ego cada vez más tóxico, yo trabajo a diario en reeducar mi mente y la forma en la que me hablo a mí misma, para hablarme más como esa Lucía que le habla a mis amigxs.
Cuando le puse título a este texto me llamó la atención que la palabra <apego> incluya dentro de sí al <ego>. Con su significado de vinculación afectiva intensa y la revolución que hay hoy, tratando de educarnos en la liberación de tantos apegos que establecemos con otros, con cosas y formas de vida; me resultó abrumador que las nociones de vinculación afectiva intensa y ego coexistan en esta palabra. Es como una lucha del tipo Peter Pan y su sombra… Aprender a vivir con esa sombra que puede ser el ego, sin perdernos de la vida por dedicar nuestra atención a complacerlo.
En definitiva, esta es mi manera de reivindicar las historias reales y fomentar su presencia en las redes sociales.
Vamos a desnudar los relatos de los mal llamados éxito y fracaso.
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